Tras la rotura de la placa el uno de Agosto, el resto del mes transcurrió sin demasiados incidentes. El barco seguía derivando, y los hombres se entretenían como podían realizando sondeos, entrenando a los perros, capturando pingüinos o realizando algún pequeño viaje para inspeccionar el terreno que se extendía a su alrededor.
De nuevo resulta sorprendente cómo el relato de Shackleton es simplemente descriptivo, por momentos dotado de una belleza literaria inusitada:
«El lejano témpano se yergue como una altísima barrera de acantilados que se reflejan en lagos azules y vías de agua en su base. Grandes ciudades blancas y doradas de aspecto oriental a breves intervalos a lo largo de estos acantilados muestran témpanos distantes, algunos que nunca habíamos visto. Flotando sobre estos, hay temblorosas líneas de color violeta y crema de témpanos de témpanos y bancos aún más remotos. Las líneas se elevan y caen, tiemblan, se disipan y reaparecen en una escena de interminable transformación. La branquias y los témpanos meridionales, que atrapan los rayos del sol, son dorados, pero hacia el norte, las masas de hielo son púrpuras. Aquí los témpanos adoptan formas cambiantes, primero un castillo, luego un globo alejado del horizonte, que se convierte rápidamente en un inmenso hongo, una mezquita o una catedral. La principal característica es el alargamiento vertical del objeto, un pequeño cordón de presión con el aspecto de una línea de almenas o altísimos acantilados. El espejismo es producido por la refracción y se intensifica por las columnas de aire relativamente caliente que sube de varias grietas y canales que se han abierto de diez a treinta kilómetros al norte y al sur.» (Sur, p. 125).
